• Juan L. Mira

BARBARIE


Barbarie es un relato de terror de Juan L. Mira
Barbarie

La gente ya no sabía a dónde huir. Escapaban de las ciudades creyendo que estarían a salvo, pero en las afueras era aún peor. Tan solo era una sensación artificial de seguridad en la que se apoyaban para poder seguir adelante un día más.

El ataque comenzó tres días antes, pero la gente no se enteró de nada hasta que pasaron varias horas. En primer lugar cayeron las líneas telefónicas y cualquier otro medio de comunicación. A continuación atacaron a las fuerzas del orden. No costó mucho conseguirlo porque ya estaban infiltrados desde hacía muchos años. En los cuarteles militares y comisarías de policía hicieron una auténtica masacre. Con ellos, se emplearon a fondo. En algunas ciudades pudieron reaccionar a tiempo y se sucedieron verdaderas batallas con incontables bajas por parte de ambos bandos. En otros lugares, sobre todo los más pequeños, los humanos no tardaron en caer.

No todos murieron. Con el tiempo, algunos hasta conseguirían organizarse en algo parecido a un nuevo ejército rebelde y plantar cara. Algunos incluso rozarían la victoria.

Las montañas fue el destino más lógico para muchos. Craso error. Aquellos seres los perseguían y daban caza como si nada. En realidad se divertían con ellos como si fueran unos niños jugando a pisar unas insignificantes hormigas.

La familia Wilkhem llevaba una semana escondida en el interior de un viejo búnker en Amberes. El matrimonio, su bebé, de apenas ocho meses, su hija adolescente y el novio de ésta. Cargaron su coche a toda prisa y robaron la comida que pudieron de una pequeña tienda de barrio aprovechando el caos que invadía a la ciudad y se marcharon al bosque. Había llegado el momento del “tú o yo”.

Conocían un poco aquel búnker de alguna visita turística, de tiempos mejores en los que compartieron algún domingo en familia. Ahora era un refugio mal improvisado. Cuando llegaron lograron atrancar las dos entradas que tenía ese sector de la gigantesca estructura de hormigón y se acomodaron en su zona este, en lo que antiguamente habían sido las duchas; ahora un simple espacio diáfano, perfecto para usarlo a modo de dormitorio. Se acomodaron bien, cerraron cualquier zona que vieran fácil de penetrar y decidieron esperar. Quizá si esperaban el tiempo suficiente todo acabaría. El ejército. ¿No eran ellos los que tenían la obligación de solucionar algo así? Fuera como fuese, lo que tenían que hacer era esperar. Bien sencillo. Y los días pasaron. El aburrimiento era horrible. Apenas hacían nada, salvo hablar en la completa oscuridad porque no querían gastar las pilas para las linternas demasiado pronto. Se inventaban juegos, recordaban tiempos mejores; intentaban conocerse mejor a sí mismos.

Aquellos días no duraron mucho. Todo sucedió deprisa; estas cosas suceden así. Una chispa pequeña puede hacer arder el mundo entero.

Al entrar al búnker lo revisaron por completo y vieron que era un lugar cerrado herméticamente. Nadie podía entrar ni salir; y aquello hizo que se sintieran algo más tranquilos. Los días siguientes no se vieron sometidos a ningún tipo de peligro y acabaron por relajarse, pensando que quizá la situación no era tan grave como habían creído en un principio, que en breve podrían volver a salir y poner de nuevo orden a sus vidas. Sí, sería difícil —pensaban—, pero en un par de semanas casi nada habría cambiado. Aunque no tendrían ocasión de averiguar nada de todo esto.

La pareja de adolescentes se alejó de los adultos y el bebé con la excusa de “estirar las piernas”. Encendieron una linterna y salieron de las duchas. Pasaron por unos antiguos almacenes y se sumergieron en la oscuridad de un interminable pasillo; mucho más estrecho de lo que aparenteba en principio. La luz oscilante se iba enmudeciendo con cada paso que daban. Entraron en lo que había sido la cocina de esa parte del búnker y se lanzaron una mirada de complicidad. Sin decir nada apagaron la linterna y se fundieron en el abrazo que llevaban esperando desde que entraron allí. Los besos y las caricias aparecían tan rápido como volvían a desaparecer. Se sustituían mutuamente con mucha torpeza. Se tumbaron sobre el suelo y comenzaron a desnudarse como pudieron. El sudor les recorría sus cuerpos. Ya lo habían hecho a oscuras otras veces, pero nunca con los padres de ella tan cerca. Una mano del chico acariciaba los pechos mientras que la otra iba bajando lentamente por el abdomen para ir a perderse dentro de las braguitas de su novia.

Aquellos ojos inyectados en sangre observaban la escena desde la distancia. La criatura, que podía ver perfectamente en la oscuridad, no se perdía detalle de lo que hacía la pareja. Los adolescentes seguían a lo suyo sin darse cuenta de nada. Mientras tanto, por un desagüe que nadie se había molestado en bloquear salía la segunda de aquellas criaturas. Fue rápido y los jóvenes murieron sin enterarse de lo que ocurría a su alrededor. Los adultos corrieron peor suerte. Descubrieron a uno de aquellos seres tratando de entrar por otro desagüe que comunicaba con las duchas y lograron matarlo a golpes, pero ya habían entrado demasiados al búnker. Murieron desmembrados, pensando qué sería de sus hijos.

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