• Juan L. Mira

EL HOGAR ANÓNIMO

Actualizado: 1 mar


El hogar anónimo es un relato de Juan L. Mira
El hogar anónimo

Una campana tañía a lo lejos mezclando su sonido con el de los ruidosos pájaros que viajaban hacia el noroeste. No sabía el nombre de las aves, tan solo sabía que el imponente sonido de la campana le resultaba muy familiar, pero no lograba saber por qué. Continuó caminando entre los matorrales, tratando de no acercarse demasiado a los caminos principales a esa hora del día y de no hacer ruido cuando escuchaba a alguien. No tardarían en encontrar los cadáveres y unas cuantas personas querrían hacer muchas preguntas. Siempre trataba de ser cuidadoso, pero en esta ocasión se le había echado el tiempo encima sin darse cuenta; la pelea que tuvo con aquel tipo que entró de repente en la casa lo complicó todo.

Entró justo cuando los había matado: un matrimonio joven y su hijita pequeña; que tendría como mucho tres años de edad. Sus cuerpos estaban aún tan calientes que casi se podía escuchar sus corazones latiendo. El hombre se recuperó muy pronto de la sorpresa de ver los cadáveres y se abalanzó con furia contra él. Rodaron por el suelo de la sala intercambiando golpes muy fuertes que casi no alcanzaban su objetivo. Chocaron contra la pared del fondo, la que separaba el salón de la cocina, y allí se separaron. Se pusieron en pie y cruzaron unas frías miradas. El recién llegado sacó un puñal muy afilado del interior de su chaqueta y se dispuso a matarlo. El odio mutuo se hizo presente y, sin pensarlo un instante, se lanzaron el uno contra el otro. El asesino recibió una puñalada muy profunda debajo del estómago, pero no resultó grave. Lanzó un aullido desgarrador, mezcla del dolor y de la furia contenida hasta el momento y apretó el cuello de su oponente con ambas manos hasta partirlo en dos. El visitante cayó al suelo como un saco pesado y no se volvió a mover. El asesino miró el cuerpo con desprecio y salió de la casa lo más deprisa posible. Era tarde, demasiado tarde. Jamás se demoraba tanto, pero hoy había salido todo mal.

—¡Mierda! —se murmuró a sí mismo cuando ya había recorrido casi un tercio del camino que le esperaba por delante—. ¡Mierda! —tras replantearse el volver a la casa durante unos segundos. Golpeó con fuerza extrema el tronco de un árbol y regresó corriendo.

El asesino tardó menos de lo que esperaba en llegar, aunque avanzar a través del bosque siempre se le hacía monótono y cualquier distancia le parecía más lejos de lo que en realidad estaba.

Hacía tiempo que el mediodía había quedado atrás cuando llegó a las inmediaciones de la casa de nuevo. Se quedó observándola desde bastante distancia. Por fuera todo seguía como lo había dejado. Agudizó el oído y el silencio fue la única respuesta; aunque no estaba del todo seguro porque le pitaban un poco los oídos por el esfuerzo de tanto correr. Se decidió y fue hasta la casa con cautela. Llegó hasta la puerta y comprobó que estaba despejado.

Una vez dentro de la casa el fuerte olor metálico de la sangre invadía el ambiente. Aspiró con fuerza. Se distrajo unos segundos admirando su obra: la mujer estaba desnuda, tirada en el suelo con una postura grotesca y con el cuello desgarrado como si un animal la hubiera destrozado. El hombre estaba apoyado contra una pared, con las muñecas de ambas manos abiertas y una expresión de asombro en su rostro. La hija pequeña fue quien sufrió menos. Le había rajado el abdomen desde las piernas hasta el cuello mientras dormía plácidamente. Ya no volvería a soñar.

De repente unas ramas se rompieron en alguna parte. Alguien se acercaba y los murmullos de sus voces se hacían cada vez más presentes.

El asesino se dio prisa. Fue al dormitorio de los padres y rebuscó entre las cosas del interior del armario, pero no encontró lo que buscaba. Los nervios comenzaban a hacer mella. Se desesperaba al escuchar las voces muy cerca y eso no le permitía pensar con claridad. Se fijó en el baúl de madera que había debajo de la ventana y se lanzó hacia él. Lo abrió con prisas; casi arrancando la tapa de sus bisagras, y sacó la ropa de cama que había dentro tirándola por la estancia y, por fin, allí estaba: tres cartas con el sello roto, con el papel arrugado y algunas manchas de humedad. Las conocía muy bien y no le hizo falta releerlas. Los más oscuros secretos, aquello que no debía ser desvelado, estaban escritos de su puño y letra en aquellas hojas. Se le hizo un nudo en la garganta y unas lágrimas resbalaron por su rostro. La mente se le nubló un instante y ése fue un error fatal. Un golpe seco lo dejó sin sentido.

—¡Es uno de ellos! —murmuró una voz en una mezcla de asombro y terror.

—No es posible —dijo otro hombre.

El asesino entreabrió los ojos. La luz que entraba ahora por las ventanas era ténue. La noche se estaba apoderando del día. Intentó moverse pero tenía las manos y los pies atados entre sí a la espalda. La cabeza le dolía y le daba vueltas. Abrió del todo los ojos y se encontró con tres hombres armados mirándolo repletos de curiosidad.

—Es uno de ellos —confirmó el hombre de más edad-, fijaos como huele. Apesta.

El asesino no dijo nada. Trató de nuevo de liberarse, pero se habían asegurado de que eso no ocurriese.

—¿Por qué lo has hecho? —Inquirió el hombre más joven dirigiéndose a él; apenas se trataba de un adolescente.

Un silencio incómodo inundó la sala.

—O nos dices por qué lo has hecho o te despedazamos aquí mismo sin entregarte antes al alguacil —intervino el hombre mayor.

De nuevo el silencio como respuesta. Por un instante parecía que todo acabaría ahí, pero el asesino empezó a hablar.

—No lo entenderíais -dijo casi entre sollozos-. Ellos… ellos eran mi familia. La única familia que de verdad tendré jamás.

—¿Tu familia? ¿Y los matas? —dijo el hombre mayor—. Eres un loco. Ningún hombre en su sano juicio haría tal cosa.

—En realidad los he salvado. La muerte era la única manera de no convertirse en lo mismo que yo. No deseo a nadie que se contagie de mi maldición.

—¿Salvados? —intervino el más joven-. Eres un hijo de perra. Matémosle.

El joven miró al mayor de los tres buscando su aprobación. Éste, tras unos segundos de duda, dictó sentencia con un gesto de su cabeza. El joven apretó su cuchillo con fuerza, se acercó al asesino y, agarrándolo con fuerza por el pelo, le asestó dos cuchilladas en el estómago; muy cerca de la otra herida. El herido aulló de dolor. Un aullido que hizo retumbar los cimientos de aquella casa.

—Así no volverás a llevar la desgracia a ningún hogar -sentenció el hombre mayor.

El asesino notaba como se le escapaba la sangre por las heridas. En breve no sería más que otra alma perdida en la eternidad. Eso le enfureció. Ellos no eran nada. No estaban a la altura para poder comprenderlo. La furia le dotó de una fuerza sobrehumana y reventó las ataduras. Ninguno de los tres hombres pudo reaccionar a tiempo ante la sorpresa. El asesino era veloz; demasiado. Con un movimiento le quitó el cuchillo al más joven y lo degolló. El mayor se abalanzó contra él en un torpe intento por ganar lo que ya estaba perdido, pero el asesino le partió el cuello sin esfuerzo alguno. El tercer hombre salió corriendo y llegó hasta la salida. El asesino le lanzó un cuchillo con tanta fuerza que se le incrustó en la nuca.

El asesino, ahora ya un desconocido sin nombre, emprendió su camino sin tener claro el destino. Solo sabía que el viaje sería largo y que sus heridas sanarían.

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