• Juan L. Mira

EL LLANTO DE LOS CADÁVERES


Aún oigo el llanto de los cadáveres cuando paso por los cementerios improvisados. Aún oigo como me llaman, tratando de pedir explicaciones por actos que quizás no tuvieron mucho sentido, pero que fueron necesarios. No me termino de acostumbrar y acelero el paso cuando eso ocurre.

No hace tanto que comenzó la guerra. Muchos humanos, cientos de miles, murieron sin saber siquiera qué era lo que les pasaba. Eran tan inocentes como el perro al que pegas una y otra vez y al final acaba regresando porque tú eres lo único que ha conocido realmente.

Durante los dos primeros días solo matábamos. Caían uno detrás de otro con asombrosa facilidad. Exacto, como fichas de dominó; aunque suene a tópico. Era casi aburrido si no fuera por la gran cantidad de sangre que teñía cada rincón.

Los humanos tardaron mucho en reaccionar; y aún cuando lo hicieron no se organizaron bien hasta pasada más de una semana. He de reconocer que allí sí que lograron plantarnos cara y sufrimos bastantes bajas. Incluso les subestimamos y recuperaron bastante terreno. Lo que sí es seguro es que la guerra no fue tan corta como habíamos planeado; ni mucho menos. Con el paso de las semanas el enfrentamiento armado fue total y nos costó mucho someterlos. Ciudades enteras, ciudades que habían sido muy importantes, se vieron reducidas literalmente a meros escombros sin un alma con vida dentro salvo la de los insectos y alimañas que acudían ansiosas por extraer vida de la muerte.

Por fin todo ha terminado… para ellos. O están muertos o están atrapados de por vida. No niego que quizá queden algunos rezagados escondidos en los bosques, pero ellos también se verán pronto sometidos.

Ahora ha llegado nuestra era, la que hemos ansiado durante siglos. Ya podemos proclamar la victoria como un hecho innegable. Somos la nueva especie dominante y el mundo conocido será sometido a la oscuridad.

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