• Juan L. Mira

EL PRINCIPIO DEL FIN


el principio del fin relato de juan l. mira
El principio del fin

No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Solo sabía que tenía sed, frío y mucho miedo.

Lothar volvía a la ciudad por una carretera secundaria después de haber pasado el fin de semana en la casa que sus padres tenían en el campo cuando lo vio. Aún quedaban varios kilómetros para llegar, pero el fuego era tan intenso que se veía ya desde allí. La ciudad entera estaba envuelta en llamas y se sucedía continuas explosiones que levantaban bolas de fuego hacia el cielo. Paró el coche en seco en mitad del camino, se bajó de él y corrió a la parte más alta de una colina situada a su derecha para observar mejor, y lo que vio ante sí fue aterrador. Un fuego intenso que se reflejaba contra las nubes, una humareda negra que se alzaba rápidamente hacia el cielo y el ruido del eco de las explosiones que bordaban un ambiente espeluznante. No podía creer nada de lo que estaba viendo; sencillamente era incapaz de asimilarlo. Se le pasó por la cabeza alguna escena bíblica, pero él no creía en esas cosas. Barajó la idea de que hubiera sido un ataque terrorista, pero, ¿la ciudad entera? Eso era imposible. Sacó con dificultad el teléfono móvil del bolsillo de su pantalón y trató de marcar el número de emergencias en un acto reflejo; como si eso pudiera ayudar en algo a esas alturas, pero las líneas estaban cortadas.

Un estruendo enorme mucho más cercano sacó a Lothar de sus pensamientos. Una furgoneta se había estrellado contra su coche y otros dos siguieron la misma suerte. Los conductores no pudieron apartar la mirada de lo que estaba sucediendo. Enseguida otro par de automóviles se unió al grupo; aunque esta vez pararon justo a tiempo.

Casi de la nada se fueron congregando medio centenar de personas en lo alto de la colina. No se decían nada entre sí, solo se limitaban a observar lo que estaba ocurriendo en el interior de la ciudad. Hubiera sido hasta un cuadro grotesco, pero bonito, si no fuera porque miles de almas se estaban apagando a la vez en cuestión de minutos. Los espectadores no sabían muy bien qué hacer. Unos cuantos lloraban desconsolados, un hombre se puso a gritar histérico y alguien lo abofeteó para que se callase, otros propusieron ayudar, aunque sabían de antemano que era inútil. Los allí reunidos se miraban unos a otros como si alguno de ellos ocultase la respuesta definitiva. Y la respuesta llegó. Salieron de entre los árboles a gran velocidad y los rodearon. Las personas que allí se encontraban se encontraron más desconcertadas; aún si cabe. No tenían ni idea de lo que estaba pasando, ni tenían idea de qué eran aquellas criaturas. Pero sí tenían claro que querían vivir y corrieron porque algo les decía que quizás fuera lo último que harían en sus vidas. Medio centenar de figuras humanas esparciéndose cada una de ellas en una dirección diferente. Fueron aniquilados como quien abre un melón a martillazos. No tenían ninguna posibilidad. Aquellas criaturas eran muy veloces; incluso se permitían el lujo de jugar con los humanos antes de matarlos. Antes de despedazarlos tiñendo el campo con sus entrañas.

Lothar y otro humano lograron escapar. El compañero llegó hasta un puente cercano creyendo que podría saltar y las profundas aguas del río le salvarían. Se lanzó al vacío y dejó que le llevase la corriente.

Lothar siguió corriendo campo a través hasta llegar a un pequeño cementerio situado en las afueras de la ciudad. Se paró a descansar unos segundos. Por un momento parecía que había dejado atrás a aquellos seres horribles: unas figuras encorvadas de las que solo se distinguía su silueta en mitad de la noche y un fétido aliento que se difundía con sus respiraciones jadeantes. Estaba seguro que todavía no los había perdido de vista y si no encontraba un buen sitio donde esconderse lo matarían como al resto. Estuvo deambulando unos minutos por el viejo cementerio y encontró un sitio idóneo: una tumba abierta. El ataúd estaba dentro y alguien tendría que haber tapado el agujero con una espesa capa de tierra, pero quizá no tuvo tiempo. Quizá el enterrador también tuvo que salir huyendo de esas cosas para que no asesinaran. Lothar no se lo pensó dos veces y se tiró al agujero, abrió la madera aún reluciente y se metió como pudo colocándose junto al cadáver: se trataba de un anciano que había muerto dos días antes de un derrame cerebral —al menos se había ahorrado ver lo que estaba por llegar— pensó Lothar. Éste se acomodó como pudo, intentanto tocar lo menos posible la piel fría del muerto. Sentía verdadero pavor. Una vez dentro pasaron los minutos. El tiempo allí dentro era muy relativo. Parecía que pasaba demasiado lento, pero tampoco se atrevía a salir tan pronto para comprobar si tenía el campo libre.

Los acontecimientos iban y venían demasiado deprisa. Lothar le daba vueltas a las posibles respuestas: ni siquiera podía ser una guerra, aquello no se desencadenaban tan rápido. ¿Y esas cosas? ¿Qué coño eran esas cosas? Habían salido de la nada, como llovidos del cielo, y los habían matado con una facilidad pasmosa. ¿Qué clases de animales eran? Por esa zona no existía ningún tipo de animal salvaje capaz de hacer algo semejante. Y desde luego que no eran perros que pudieran haber contenido la rabia o algo parecido. De eso estaba seguro. ¿Y el muerto? ¿No tendría nada contagioso? Lo único que faltaba para empeorar la situación sería eso. No, seguramente no. Se supone que los embalsamaban y eso lo mataba todo o algo así; valga la redundancia. Pero, ¿de verdad estaba dentro de un ataúd huyendo de unas cosas que querían matarlo? Intentó calcular de nuevo el tiempo que llevaba allí dentro, pero le fue imposible. ¿Media hora? ¿Tres horas? Estaba desesperado y se dejó llevar. Lanzó un profundo suspiro, cerró con fuerza los párpados, como si aquello pudiera salvarle de algo, y abrió la tapa lentamente, solo un centímetro, pero suficiente para que entrase una bocanada de aire renovado, mucho más fresco del que se podía respirar allí dentro. Aquello le infundó una brizna de valor y se decidió a salir.

Una de aquellas criaturas, como Lothar las llamaba, lo había seguido, sin que éste se percatase, cuando corría en dirección al cementerio. Había lanzado una sonrisa al viento cuando lo vio meterse dentro de la caja y allí se quedo: paciente, esperando hasta que llegara de nuevo el ansiado momento de la caza.

45 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo