• Juan L. Mira

Felicidad menguante


Felicidad menguante, un relato de Juan L. Mira
Felicidad menguante

Llegó al pueblo cansado. Había viajado toda la noche en un estrecho compartimento de tren, en un incómodo asiento, porque no se podía permitir pagar algo mejor. Tan solo llevaba una maleta como único equipaje donde tampoco guardaba mucho. Salió de la estación y enseguida entró en el pueblo. Vio un mesón y se dirigió hacia allí porque su estómago se lo pedía a gritos.

Un camarero bastante gordo le sirvió un plato de fabada. Era lo más barato del menú y había aprendido a aprovecharse de esas cosas. La bebida consistió en un vaso de agua del grifo. Comió y bebió como si no hubiera un mañana. No tenía tiempo para los buenos modales. Los alimentos entraban en la oscura oquedad y seguía su camino como si de siempre lo conociera; el líquido ayudaba en el último empuje.

Se vio saciado y contento, aunque solo en parte. Quería más cosas. Se había planteado grandes objetivos, porque siempre ansiamos tener más. Está en nuestra naturaleza. Aunque a menudo, cuando eso sucede, no lo valoramos como es debido.

Lo primero que hizo fue preguntar en el mesón por si había trabajo. No le hubiera importado pasar el resto de su vida fregando platos si con ello podía comer. Comida y alojamiento. Esa era su oferta; por un módico precio, claro está.

«No», esa fue la escueta respuesta que recibió. No se sorprendió. Se esperaba algo parecido, pues sabía que su idea no era fácil. Pero centraría todo el empeño necesario en conseguirlo. Siguió intentándolo. Al fin y al cabo, no era el único local del pueblo.

A la salida del local se topó de nuevo con un tren con destino desconocido. Se quedó mirándolo fijamente y, por un momento, sintió deseos de tomarlo y escapar a otro lugar, también desconocido, pero solo fue una idea y no pasó de allí.

En otra calle más alejada halló una zapatería abierta. Entró y recibió otra negativa. No se amilanó. Tenía el carácter requerido para ello. De lo contrario, no habría dejado escapar ese hermoso tren.

«¿Qué siento por dentro». Se preguntó a sí mismo en esos momentos. «Ganas. Unas ganas de demostrar lo que valgo en realidad. No por narcisista y que crea que soy el mejor, sino porque quiero ayudar, aportar algo, y de donde provengo no me dejaron». Se respondió.

Cogió sus pocas pertenencias y comenzó a caminar. En diez minutos rodeó todo el pueblo y se lo aprendió de memoria. Seleccionó los mejores sitios donde poder acudir. Sabía que si la motivación era mayor, se emplearía más a fondo. Se conocía muy bien, quizá demasiado.

En primer lugar se presentó en la panadería. Nunca había usado las artes culinarias, pero debía intentarlo. Una vez intentado, probó suerte en la carnicería. La respuesta se volvió a repetir: no.

Se dirigió al bazar y se convirtió en más de lo mismo. Su optimismo disminuyó y comenzó a creer que no obtendría fruto alguno. Entonces entró en la oficina postal. Allí algo cambió. Un destello de luz en la oscuridad cargado de esperanza. Un anciano le ofreció repartir las pocas cartas que recibían. Enseguida se puso a trabajar con fuerzas renovadas. Era alguien nuevo.

Tenía paciencia. Con paciencia todo tenía que llegar. Para ahorrar, encontrar un trabajo mejor y crecer más. Además, un golpe de suerte le trajo a la que se convertiría en su esposa. Algo que lo quería y amaba. Eso ya era bastante impresionante de por sí.

Finalmente, tras mucho esfuerzo, pudo ahorrar lo suficiente y abrió una librería en el pueblo. Fue entonces cuando se casó con la que era su novia. Por suerte el negocio fue bien y su cuenta corriente fue creciendo.

Poco tiempo después decidieron que ya era hora de expandirse y, nueve meses después, nació su hija, que era hermosa.

Pero, contra todo pronóstico, su clase social también fue subiendo y distanciándose de los demás. Su vida se fue acomodando y, su felicidad, menguando.

Una noche, de buenas a primeras y sin recapacitarlo mucho tiempo, cogió un poco de ropa y la metió en la desgastada maleta que aún conservaba, llenó sus bolsillos con unos pocos billetes y se marchó.

Llegó a un pueblo desconocido, cansado. Viajó toda la noche en un estrecho compartimento de tren. En un incómodo lugar porque no se podía permitir algo mejor y, en realidad, porque era lo que siempre le había gustado. La comodidad le cerraba puertas y él tenía que estar en constante movimiento.

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