• Juan L. Mira

Monotonía


Monotonía, un relato de Juan L. Mira
Monotonía

Era un amante de la monotonía. Cada día, nada más levantarse, antes incluso de ir al baño o a desayunar, tal y como dictan las normas, se iba al cuarto trastero y buscaba entre las dos filas de cajas de zapatos perfectamente ordenadas, abría la primera caja de la izquierda, la de color amarillo muy pálido, y extraía una bolsa rígida de color negro de su interior, que a su vez ocultaba su mayor tesoro: su cámara fotográfica. Su vieja Minolta. Tras mirarla un instante, sin poder evitar cierta ansiedad, se dirigía hasta la ventana del salón, la que estaba orientada al noroeste, y aguardaba a que su reloj de pulsera marcara las siete en punto de la mañana. Era entonces, justo en ese momento, cuando apuntaba meticulosamente y disparaba.

Una vez al mes entraba en el cuarto oscuro y, con extremada paciencia, revelaba las nuevas tomas, las sacaba en papel y, una vez secas, regresaba al salón. Allí extraía el álbum correspondiente e introducía la nueva foto en su lugar reservado.

La calle, ese era el tema a tratar. Tenía catorce álbumes con cuatrocientas fotos cada uno de ellos. Una fotografía a diario durante más de quince años, sin faltar ni una sola vez a su cita en la ventana, dispuesto para apuntar su objetivo y accionar el disparador. Más de cinco mil cuatrocientas fotografías en blanco y negro. Todas iguales: una calle vacía de gente, sin coches deambulando, sin personas escandalosas, tan solo vastos edificios, avisando al amanecer de lo que está por llegar.

Siempre era igual. No había cambiado un ápice, menos ese día. Aquella vez fue muy distinta. Los prolegómenos no se diferenciaron en absoluto. Trastero, cámara fotográfica, salón de su casa. Tampoco cambió la fotografía. Apuntó y disparó como el francotirador recolector de imágenes que era. El enfado le sobrevino cuando reveló esa mañana el carrete y obtuvo el resultado. Lo vio claramente. Allí, junto a esa farola, había un hombre. Un estúpido hombre que se había cruzado en su labor. Que había estropeado su arduo trabajo.

Con determinación y sin un atisbo de duda se dirigió de nuevo al trastero. Cogió la cámara y la lanzó por la ventana. Tras ver cómo se hacía añicos, tiró por la misma ventana cada uno de los catorce álbumes. Quince años desaparecieron como una hoja atrapada con el viento en un viaje desconocido.

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