• Juan L. Mira

Primer capítulo de la novela "La Zona"

Actualizado: 10 may


Primer capítulo de la novela "La Zona", de Juan L. Mira
Primer capítulo de la novela "La Zona", de Juan L. Mira

1

SOMBRAS

Llegará el momento en el que los caminos serán finitos, en el que los seres vivos contendrán la respiración un instante antes del alba. Pues con el alba llegará el fin.

Libro de Raashul 1.1

Distrinto 57

Año 27 de la Segunda Era


Se tomó su tiempo. La última gota de una intensa tormenta cayó de forma aislada sobre un charco ya formado. Removió las aguas del pequeño lago como los pliegues de la falda de una mujer ansiosa por perder la virginidad. Una bota pasó por encima del charco pisando con fuerza.

Tres hombres corrían en mitad de la noche a través de los oscuros callejones de La Zona. Vestían de negro tratando de confundirse con la quietud de la madrugada. Las nubes que tapaban la luna eran sus mejores aliadas. Las siluetas iban acompañadas por unos subfusiles dispuestos a partir en dos a cualquier indeseable.

Uno de los hombres alzó su puño derecho cerrado y todos se pararon junto a una esquina. El líder se asomó tímidamente. No quería que nadie descubriera su paradero. Trataba de aparentar coraje, pero el sudor frío que recorría su espalda le delataba sin dejar tiempo para las excusas inútiles. La calle permanecía en tinieblas con la salvedad de una lúgubre luz proveniente de una farola situada al fondo.

Los otros dos hombres se mantenían expectantes. Disimulaban peor su miedo. Solo lograban moverse gracias a sentimientos de rencor y ansia. Finalmente el líder se giró hacia ellos y levantó el dedo índice de la mano derecha. La tensión aumentó de repente. Nadie se esperaba esa respuesta aunque era más que probable. Habían albergado de forma ingenua que ese momento no llegase. El juego de las sombras había dado comienzo.

Al final de la calle una figura encapuchada buscaba algo de comida entre los restos de unas bolsas de basura. Había esparcido toda la suciedad alrededor suya y se encontraba totalmente concentrada en un amasijo de carne en un avanzado estado de descomposición con los gusanos avanzando a través de ella.

El trío armado con subfusiles salió de su escondite en dirección hacia aquella figura con inusitada valentía. Era ahora o nunca. La diferencia entre morir o vivir. Ellos se habían criado con esa sensación constante.

—¡Hijo de puta! —gritó uno de ellos.

La figura encapuchada alzó rápido la mirada hacia el lugar de donde provenía la voz. Por primera vez vislumbraron su rostro sin que éste dejase lugar a ninguna duda. Era un vampdrac. Su piel pálida y de un tono verdoso lo hacía inconfundible. La sombra abrió la boca de forma exagerada mostrando sus afilados colmillos y el resto de sus numerosos dientes preparados para desgarrar la carne. De su garganta nació un grito de furia como si fuera una pantera acorralada antes de morir. El destino de todos ya había sido trazado. Los cinco disparos le alcanzaron en el pecho echándolo con fuerza hacia atrás. El impulso lo arrastró hasta chocar contra una pared. Lo que allí quedó fue solo una masa de carne y huesos cubierto por una sangre demasiado oscura como para ser humana, que se entremezclaba con los desperdicios que la criatura había hallado. Un fuerte olor ácido nubló aún más el ambiente. Los ejecutores se quedaron de pie distraídos en su propia creación. Aquella era la primera vez que mataban a uno de aquellos seres. Tiempo perdido que más tarde pagarían muy caro. Uno de los rebeldes no pudo soportar el hedor del cadáver y vomitó toda la cena.

—¡Qué asco, joder! —exclamó uno de sus compañeros al salpicarle unas gotas en los bajos de su pantalón.

—No menos asqueroso que eso —añadió el otro compañero señalando con la cabeza los restos de su víctima.

Alguien ajeno al grupo observaba todo desde las alturas con calma. El desprecio se reflejaba en su mirada. Eran tres pequeños puntos allá abajo; humanos. Se habían atrevido a matar a su amigo a sangre fría. Se agarró con fuerza a la pequeña cornisa de la azotea donde se encontraba para doblegar su impulso homicida. Los estudió con detalle. Los tres humanos se encontraban perdidos a pesar de sus actos. Aún a esa distancia podía sentir los nervios que transmitían. Oler su pavor.

—¿Izquierda o derecha, Steve? —le oyó preguntar a uno.

—¡Dame un minuto, joder! ¡Dejadme pensar!

De repente, cuando estimó que era el instante idóneo, saltó desde la azotea a más de treinta metros de altura contra el pequeño grupo. Se presentó de repente ante ellos sin que éstos lo esperasen, adoptando una postura similar a la de un reptil a punto de lanzar su ataque.

—¡Mierda! —murmuró el líder sabiendo de antemano que ese era su último instante con vida.

El vampdrac escupió una inmensa llamarada creando un poderoso semicírculo de fuego en el aire. En milésimas de segundo extinguió cualquier ápice de vida a su alrededor. Sus enemigos ya no existían. En su lugar solo quedaba unos restos de carne envuelta en llamas. El ser se irguió despacio mostrando su severa figura de más de dos metros. Se acercó con toda la parsimonia de quien se sabe victorioso hacia donde antes habían estado aquellos insignificantes humanos y, sin pensarlo, agarró entre sus manos un generoso trozo de carne aún caliente. La olfateó como un lobo que examina a su presa recién muerta y le dio un bocado, dejando que el sabroso jugo le gotease con libertad por la comisura de sus labios.


NOTA: Si te ha gustado y te apetece leer la novela completa puedes encontrarla en el siguiente enlace: La Zona

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