• Juan L. Mira

Rara vez se conoce a gente interesante


Rara vez se conoce a gente interesante, relato de Juan L. Mira
Rara vez se conoce a gente interesante

Encendió el cigarrillo y guardó en el bolsillo interior de su chaqueta marrón. Meditaba con tranquilidad mientras volvía a dar un sorbo a su bebida caliente. Un café, eso era lo que tomaba en ese instante. Se encontraba sentado en la barra de una cafetería. A su derecha había un hombre de mediana edad bastante gordo. Por su rostro daba la impresión de que su vida estaba hecha pedazos, de que todo esfuerzo por subir de nuevo hacía arriba sería una burla de sí mismo. A su izquierda el asiento permanecía vacío, pero ansiaba que alguien interesante lo ocupara en breve. Mientras esperaba ese posible, habló con el gordo.

—Hoy hace mal tiempo —empezó. Siempre había opinado que comenzar una conversación hablando del tiempo era una gilipollez. Si de verdad querías hablar de algo interesante, esa no era la mejor manera. Aún así, necesitaba hablar con alguien.

—La tele dice que va a llover —respondió el cuarentón; al menos esa era la edad que le calculaba—. Yo siempre me deprimo cuando llueve. No se puede salir a la calle, y yo sin la calle no soy nadie.

—¿A qué se dedica? —quiso saber él.

—Soy vendedor ambulante. Vendo lotería.

—Eso no es ser vendedor ambulante —objetó aquel tipo—. En todo caso lotero.

—Voy de un lado para otro todo el día. Ambulante —dijo encogiéndose de hombros, como si la explicación que acababa de dar fuera la más lógica del mundo.

—Yo tengo una mierda de trabajo, en una mierda de oficina, con una mierda de jefe. Bueno, lo tenía, porque hoy lo he dejado.

—Lo siento.

—Al contrario. Me siento el hombre más feliz del mundo.

—Pues felicidades en ese caso. Me marcho. Llego tarde.

—Hasta la vista —le dijo haciendo un gesto con la mano.

El hombre gordo salió de la cafetería y el tipo volvió a centrarse en su café. Dio una calada a su cigarrillo. Miró el asiento vacío de su izquierda.

De repente la puerta del local volvió a abrirse y una mujer joven, de unos treinta años, entró y se acercó al mostrador, sentándose sobre el banco vacío de la izquierda, como si siempre hubiera estado allí esperándola. Pasaron unos segundos. El camarero le trajo un té americano y se marchó de nuevo por donde había venido.

—¿Y bien? —se dirigió a ella.

—¿Y bien qué? —dijo la mujer tras girarse sobre su banco y mirarle a los ojos.

—¿No dice nada?

—¿Y por qué tendría que decirle algo? No le conozco.

—Ya, pero esto es una cafetería. Hay gente, y la gente habla. Yo soy alguien que busca a gente interesante para hablar de cosas interesante. ¿No dice nada?

—¿Qué tal si le digo que hoy hace un mal día?

—La verdad es que odio hablar del tiempo. Es lo más aburrido del mundo.

—Tiene pinta de que no le guste hablar de eso. Es de capullos hablar de si un día está nublado o no.

—Veo que me entiende —dio la última calada al cigarrillo y lo apagó contra la sucia barra—. ¿Se dedica usted a algo? Me gusta saber a qué se dedica la gente con la que hablo.

—Es un buen trabajo. Supongo que conocerá mucha gente.

—La mayoría son estúpidos.

—Hoy en día es complicado encontrar a alguien que tenga sentido.

—¿Hay alguien que lo tenga?

—Me caes bien. Déjame invitarte al té.

—Me caes bien. ¿Quieres que follemos?

Pagaron la cuenta y salieron del local. Fueron a casa de él y celebraron que había dejado el trabajo.

34 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo