• Juan L. Mira

Separado de K.


Separado de K., relato de Juan L. Mira
Separado de K.

Creía que ya estaba a salvo, pero las alimañas continuaban persiguiéndome. No quería darles ventaja y seguí mi camino por la angustiosa selva.

Me quieren vivo o muerto. No puedo parar, o me encerrarán de nuevo en aquella celda triangular y me vendarán los ojos. En la cárcel lo único que queda son los ojos. Un ciego está muerto.

En la planta de los pies se me han ido formando numerosas llagas y, si no me atrapan, me quedará aún pasar por ese suplicio. Pero una fuga te obliga a varias cosas y siempre que alguien quiere algo en la vida tiene que pagar un precio. Yo, tuve que sacrificar a K.

Al llegar aquí me detuvieron en el mismo aeropuerto. Tráfico de estupefacientes, dijeron. Yo era inocente, por supuesto. ¿Acaso no lo es todo el mundo?

K. era mi protector dentro de la cárcel. Todos los presos deberían tener a alguien que les tape el culo en momentos decisivos y K. era esa persona. Lo conocí durante una comida. Él se acercó hasta donde yo estaba y trató de quitármela. Yo se la di de inmediato. Hacía poco que había entrado allí y no quería problemas con otros presos; al menos de momento. Me dijo con una amplia sonrisa que se había tratado de una prueba y que la había superado; en ese agujero tienen formas muy peculiares de comprobar de qué pasta está hecho uno. K. y yo no tardamos en hacernos buenos amigos y el resto de presos nos respetaba. Pero no creían en mí, sino en K.

K. estaba completamente loco, pero era alguien muy inteligente. Sabía exactamente cómo tratar a cada persona en el momento adecuado. Esa mezcla de ingredientes, y su violencia extrema cuando era necesario, hizo que los demás se mantuvieran al margen.

En nuestros descansos del patio le contaba cosas, me abría y le detallaba mi vida. Él siempre se quedaba quieto, con la mirada perdida en el horizonte, pero sé que me escuchaba perfectamente. Al terminar mis relatos me hacía preguntas. Quería saber de mí y notaba que le caía mejor que los demás.

Así pasé los meses que estuve en aquella prisión. Era una gran persona, a pesar de que se le pudiera prejuzgar por el triple asesinato que había cometido, lo conocí lo suficiente como para saberlo. Y me caía realmente bien. A pesar de todo esto, no tuve otra alternativa aquel día. Cuando llegó la hora de comer me senté en el banco junto a K., igual que había estado haciendo los últimos meses desde que llegué. Me comí las patatas en salsa muy rápido, incluso rebañé el plato porque ese día las encontré especialmente sabrosas. Limpié bien el tenedor y lo dejé junto al plato. Cuando K. estaba concentrado en su último bocado, saqué del bolsillo de mi pantalón un bolígrafo y se lo clavé en el pecho a mi amigo. Todo fue muy rápido porque tampoco quería que sufriera, así que solo se trató de una única embestida, pero lo suficiente fuerte como para que le llegase a los pulmones y que estos comenzaran a llenarse de sangre. Sentía en lo más profundo tener que hacer eso, pero necesitaba a K. para mis propósitos, y estos estaban por encima de cualquier otra cosa. Él era alguien muy importante dentro de aquella prisión y por aquello conseguí que me metieran en la celda de castigo; si hubiera matado a un preso cualquiera tan solo me habrían dado una fuerte paliza y prohibido cenar. Por eso lo maté.

La celda de castigo era especial. Allí todo estaba oscuro e infestado de ratas. Había una única y escasa comida al día bastante repugnante, a base de algo parecido a una papilla de avena y cada cuatro horas te visitaban los guardias, armados con una enorme manguera, para regarte con un chorro de agua fría. Pero yo había descubierto una cosa que nadie más sabía. Sus paredes, podridas por la humedad, daban al exterior de la cárcel. Gracias a las duchas y a unas fuertes patadas en el punto preciso se podía hacer un agujero lo suficientemente grande como para escapar por allí. Y eso es justo lo que hice.

Hubiera preferido matar a cualquier otro preso, pero tuve que sacrificar a mi único amigo en mi empeño por salir de ahí. No podíamos escapar ambos y tuvo que ser él. Así de sencillo. Puede que no lo parezca, pero su perdida me ha partido el alma.

Ahora ya he creado distancia entre ellos y yo. Ya no escucho los perros ladrando y las sirenas son apenas un murmullo. Pronto alcanzaré el rio, y de allí, a la libertad.

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