• Juan L. Mira

Suspiros de un borracho


Suspiros de un borracho, un relato de Juan L. Mira
Suspiros de un borracho

Una cerveza. Sin una cerveza nada más levantarse no era nadie el resto del día. Fue al frigorífico y la cogió. Bien fría, como le gustaba a él. Destapó el botellín y tragó el brillante líquido en unos sengundos. Siempre desayunaba dos huevos fritos, acompañados por unas cervezas Heineken. Tras hacerlo, abrió una vieja caja de zapatos, donde guardaba todos los medicamentos y tomó algunas pastillas contra el mareo. Últimamente le venían de vez en cuando.

Siempre bebía. Desde muy joven había pasado el tiempo bebiendo sin cesar; mucho antes de llegar a los dieciocho ya se había autoproclamado "Alcohólico honorífico". Con el paso del tiempo adquirió práctica: era capaz de beberse una botella de whisky antes del mediodía. Otra de ginebra antes de mediatarde. Era el sumo sacerdote de la bebida. Lo sabía todo sobre ella y ella lo sabía todo sobre él. Se conocían tan bien como si fueran padre e hijo. En cierto modo, así era.

Su novia había intentado por todos los medios que dejara de beber, que asistiera a reuniones extrañas en las que todo el mundo se levantaba entre un montón de adeptos y decía en voz alta: «Hola, me llamo Fulano y soy alcohólico». Y entonces los demás respondían al unísono: «Hola, Fulano». Lo había intentado, en serio que lo había hecho. Pero en vez de dejar la bebida, la dejó a ella.

Se sentía bien con sus botellas. Nunca le discutían, nunca le llevaban la contraria y siempre estaban dispuestas cuando él las necesitaba. No le venían con «Ahora no, cariño, me duele la cabeza» o «Lo haremos cuando te quites de encima el pedo que llevas». Jamás se le habría ocurrido anteponer el sexo a sus aficiones. Un buen polvo estaba muy bien, pero nada se podía comparar con las alucinaciones, a los fantásticos mundos a los que le llevaban sus amigos Johnny y Walker. Las mejores aventuras las había vivido con ellos.

Una vez, frente al espejo roto de su cuarto de baño, se había dicho: «Eres cojonudo, el mejor. Aunque con un poco menos de polla y un poco más de cerebro serías perfecto». Así lo había creído y así veía pasar la vida. Tumbado en su desgastado sofá de segunda mano, visionando los canales basura hechos para hombre que emitían en aquella televisión anticuada de tubo. Esa era su vida, y le bastaba para ser feliz.

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