• Juan L. Mira

Una extraña afición


Una extraña afición, es un entrañable relato de Juan L. Mira
Una extraña afición

El chico se paseaba por el desván con paso marcial. Recorría repetidamente la distancia entre la olvidada cómoda de madera, que alguna vez perteneció a sus abuelos y ahora descansaba paciente mientras veía pasar el tiempo, y la ventana entornada. No estaba indefenso, desde luego que no. Estaba armado por un fantástico matamoscas de plástico verde.

Guillermo, así era su nombre, cada tarde, al salir del colegio, volvía a casa en su vieja bicicleta oxidada. Sobre ella recorría un camino de tierra y piedras a través del campo. Todos los días, durante media hora, realizaba ese recorrido. Al final del trayecto podía ver su casa. El lugar donde vivía era un hermoso hogar, hecho a base de piedra y madera. En cada esquina había un árbol haciendo guardia que, con la llegada de la primavera, florecía en un mar de colores llamativos.

Cuando llegaba iba directo a la cocina y le daba un beso a su madre, que acostumbraba a esperarle después de prepararle un bocadillo de jamón para merendar. Tras dejar los libros en su cuarto, subía al desván.

Al entrar en aquella estancia ya no era Guillermo. Se convertía en un soldado francés de la Gran Guerra. Su abuelo materno había luchado allí y, siempre que se veían, se sentaban juntos en el porche y le contaba historias fantásticas, grandes heroicidades que habían acontecido y las enormes aventuras que había corrido.

Guillermo no era general, ni comandante, tan solo un simple soldado raso y no aspiraba a más. Un valiente soldado que aguardaba con calma la llegada de tropas enemigas para realizar un ataque sorpresa. Sus enemigas: las moscas.

Todas las tardes, a pesar del frío que hacía en aquella época del año, subía al desván y abría la única ventana que había. Después se limitaba a desfilar por el suelo de madera en espera de que algún insecto entrase por ella.

Aquella tarde no hubo suerte y la lucha se saldó con cero bajas enemigas. No siempre era así. Normalmente, cuando entraba algún bicho desdichado, cerraba rápidamente la ventana para impedir su huída y lo atacaba sin compasión. Lo perseguía el tiempo el tiempo que fuera suficiente hasta que conseguía acorralarlo donde quería. Entonces, sin dudarlo, levantaba el matamoscas y terminaba con su vida.

Las paredes de la estancia aparecían repletas de cadáveres. Cientos de moscas pegadas a la pared, representando un cuadro abstracto de pésima calidad.

En una ocasión tomó una gran decisión; o eso pensaba él. Estudiaría al enemigo más detenidamente para conocer sus debilidades.

Espero paciente hasta que por fin una mosca entró por la ventana. Guillermo cerró toda posibilidad de escapatoria y puso en práctica su idea. Durante más de tres horas seguidas estuvo viendo como la mosca revoloteaba por la habitación. Observó como hacía círculos en el aire, estudiando, por igual, a su compañero de cuarto. Vio como se posaba sobre una de las migajas que habían sobrado del bocadillo de la merienda y permanecía allí un buen rato. Finalmente, dejó que el insecto se posara sobre su brazo. Meditó si acabar con su vida o no durante un instante. Lo miró más de cerca; incluso le gustó el cosquilleo que este le hizo cuando dio unos pequeños pasos sobre su piel. Se acercó hasta la ventana y volvió a abrirla, dejando libre a la mosca.

Ya no mata moscas. Ahora las estudia, las vigila; e incluso deja migas de pan para ellas. Ha cambiado de afición; entre otras cosas, porque su madre le ha tirado el matamoscas.

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